Las pequeñas cosas: Sororidad

“Sé una mujer que apoya a otras mujeres.” – Marie Curie / Física polaca
Primer domingo de vacaciones oficiales en la escuela. Sin prisas, sin horarios, sin compromisos, sin pendientes por resolver. Domingo relax y solitario en casa. Parece que la vida o el universo o Dios o mi vocecita quisieran reforzar un mensaje: soy madre soltera y las mamás solteras viven solas con sus hijos esa es la sentencia, aunque suene crudo, hostil o violento.
Ser madre soltera podría ser un buen argumento para rodearse de sororidad, ese neologismo tan de moda entre las militantes activas del feminismo en la era actual.
¿Qué es o qué significa sororidad?
Según las definiciones encontradas en el internet, el término deriva de “soror” palabra latina que significa hermana y que se reinterpreta para definir la solidaridad entre mujeres en términos de lucha por la equidad de género y la erradicación de la violencia y la opresión.
Escuché hablar de sororidad por primera vez hace diez años durante un evento de mujeres en el que presenté mi libro “Yo, Mamá” (Ed. Acribus, 2015) aunque fue oficialmente aceptado por la Real Academia Española (RAE) hasta el 2018.
Marcela Lagarde, antropóloga e investigadora mexicana define a la sororidad como: “Una dimensión ética, política y práctica del feminismo contemporáneo. Es una experiencia de las mujeres que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y la alianza existencial y política, cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad con otras mujeres, para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas formas de opresión y al apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y el empoderamiento vital de cada mujer.”
A partir de las definiciones y el contexto en el que se utiliza escribo aquí que: ¡No creo en la sororidad!
El patriarcado ha enemistado históricamente a las mujeres o eso es lo que se dice, quizá tengan razón o tal vez no, pero lo cierto es que dicha enemistad no ha desaparecido del todo cuando la discriminación, violencia e indiferencia proviene de una mujer hacia otra.
Me convertí en madre soltera hace doce años y renuncié a mi empleo de entonces con la convicción de ocuparme en SER MAMÁ.
Elegí ser mamá y eso me definió a partir de entonces sin saber ni conocer lo que vendría después porque elección es renuncia y a cambio de maternar abandoné la trayectoria profesional que me había costado trece años configurar. Las mujeres cercanas a mí, mi madre y mi tía con la que crecí insistieron en todo lo que tenía que lograr además de ser madre: limpiar, cocinar, ordenar la casa y acatar lo que el padre de mi hijo ordenaba porque de él dependía el sustento familiar sin importar lo que yo sentía, lo que me gustaba o lo que deseaba.
El intento de formar un hogar no funcionó, claro que no funcionaría porque su base era inestable, de una relación de pareja disfuncional no podía surgir de forma espontánea el amor que le faltó durante los once años previos de relación y sin amor, nada es posible.
Al crecer mi hijo y ante las adversidades de la vida, elegí incursionar en el ámbito emprendedor y administré una cafetería durante los siguientes seis años. Nuevamente, la ventaja, el egoísmo y el abuso vinieron de las mujeres que convertí una a una en colaboradoras desde una visión “sorora” y empática por el hecho de compartir la esencia femenina y a cambio, obtuve mentiras y traición poque no se nos enseña de sororidad en la escuela como tampoco se nos enseña de empatía, de lealtad, de emociones, de comunicación y de nada que tenga que ver con la esencia humana. Se nos enseñan conocimientos y se nos evalúa para un mundo competitivo en el que no se distingue a hombres y mujeres con la finalidad de convertirlos en fieles seguidores y aliados del sistema actual porque así funciona el mundo.
El tiempo de jugar a la emprendedora se terminó y caí en depresión simulada porque no se puede sentir depresión cuando se es mamá consciente y se quiere evitar el impacto a los hijos. Así pasó un largo e incierto año y medio.
Pero no hay mal que dure cien años y finalmente, una mañana mientras la lavadora completaba su ciclo llegó la inspiración y decidí poner en marcha la combinación entre lo que aprendí a hacer durante los últimos seis años: administrar una cafetería y lo que hice toda mi vida: coordinar eventos de todo tipo. Empecé por desempolvar el equipo técnico que tengo, contacté a algunas personas, expuse el proyecto para conseguir algunos aliados y cuando llegó la hora de buscar el recurso económico la negación llegó otra vez de las mujeres cercanas a mí, porque al parecer, la idea de sororidad se ha sembrado como la forma en que las mujeres debemos recibir y no dar; entonces, a falta de ganancia, el apoyo se niega. Absoluta filosofía patriarcal en donde el riesgo se asume sí y sólo sí cuando la ganancia es jugosa en términos monetarios y hay más certezas que incertidumbre.
La sororidad, como el amor es un salto de fe. No hace falta inventar nuevos términos para definir la solidaridad humana en sus diversos ámbitos, carecemos de formación humana en un mundo que todo lo capitaliza y lo reduce a números y ganancias.
La educación se vende.
La salud se vende.
El amor se vende.
La política se vende.
¿Por qué no habría de venderse también la solidaridad femenina?
Queda un largo camino por recorrer antes de que las mujeres se conviertan en verdaderas aliadas, antes tendrán que regresar a su esencia femenina, esa que está tan desprestigiada gracias también a las mismas mujeres que pretenden parecerse más a los hombres e incluso, superarlos.
En la competencia por ser el mejor, no cabe el género.
En la violencia en todas sus expresiones, no cabe el género.
En la discriminación, no cabe el género.
Le duela a quien le duela, hombres y mujeres actúan por igual porque los domina la misma variable: lo errático de la condición humana.
No creo en la sororidad. No existe.
Somos Nantli: Narrar, Visibilizar, Transformar.
Por: Elizabeth Cruz – Comunicóloga, Escritora y Editora de “Patolli”
Julio 19, 2026


nantli.mx