Crédito de la imagen: TAP / OnceTV

“El cine no es un trozo de vida, sino un pedazo de pastel.” – Alfred Hitchcock

Escucho la palabra tap (o claqué) y pienso en ese peculiar estilo de baile que consiste en mover los pies haciendo un zapateo musical y continuo a un ritmo determinado; sin embargo, una noche del lejano 2010 transformó esa definición al encontrarme con T.A.P.  (por sus siglas) Taller de Actores Profesionales, pero sin dejar de lado el ritmo, el movimiento y el baile gracias a la presencia de un consolidado entrevistador como lo es Óscar Uriel, al utilizar un ritmo peculiar a sus invitados, como si los invitara a bailar y moverse libremente entre anécdotas, reflexiones y respuestas que surgen de forma natural, como en el escenario; pero, sin esperar al llamado de “¡Acción!” o de “Primera llamada” y además, mueve a su público y los invita a ser parte de ese baile que también es la actuación.

En T.A.P. no hay glamour excesivo sino luces, cameos, acercamientos, voces, miradas, sonrisas, memorias, silencios. Y es precisamente durante el silencio que ocurre la magia porque permite situar al espectador frente a una especie de cortometraje o de obra teatral y da la pauta a que el entrevistado primero sienta y luego ofrezca su declaración, en un juego de toma y daca a ritmo de jazz. Algunas respuestas llegan de forma espontánea, otras tardan en surgir o se ahogan de emoción y unas más, desatan una carcajada porque T.A.P. es un momento que ocurre en tiempo presente y que enfoca todos los sentidos en la persona detrás del personaje para confesarlo todo: temores, logros, frustraciones, sorpresas, recuerdos. Principalmente, recuerdos porque estamos hechos de historias y de momentos, los cuales han formado al histrión que se nos revela programa a programa.

Podría narrar temporada a temporada la experiencia como espectadora de tan peculiar propuesta que no podría haber surgido de nadie más que de un maestro del teatro y el cine como lo es Bruno Bichir, a quien tuve el gusto de conocer y acompañar durante la presentación de “Crónica de un desayuno”; lo imagino sentado con su sombrero de bombín como parte de la presentación de cada programa y moviéndose a ritmo de soul. Y es que T.A.P. está lleno de referencias gracias a la ambientación y la atmósfera que logran en cada temporada y emisión, fue un oasis en el desierto durante el periodo pandémico que lo puso todo en pausa y sigue alumbrando como un faro esperanzador, acercando al público no sólo con la experiencia actoral sino con la experiencia humana, porque los actores muestran su lado humano en cada programa y esa es la labor quirúrgica de Óscar a partir de preguntas clave y de pequeñas intervenciones que permiten traspasar cada capa epidérmica de los invitados.

Estamos en el 2026 y recién empieza la temporada número 13 de una propuesta quinceañera que promete alcanzar otras primaveras más. Los primeros dos programas han sido como abrir una caja de chocolates encontrando en primer lugar el sello de Itatí Cantoral como invitada inicial de temporada. Una actriz que conocí en la puesta en escena “Aventurera”, como un regalo de cumpleaños. Itatí reveló entre otras cosas, la magistral forma en que ha ejercido su maternidad de forma paralela a la actuación, demostrando que las mujeres somos capaces de conjugar la profesión y la maternidad. Eso es lo que logra T.A.P. al conectar al público con la experiencia de vida de una profesión que requiere de disciplina, de rigor, de amor, de pasión, de método, de improvisación, de entrega, de estudio y también de sacrificio porque “el show siempre debe continuar”.

Itatí me conmovió y sorprendió cuando la escuché cantar “Soy lo prohibido” (composición y letra de su padre, Roberto Cantoral). Fue entonces que entendí la complejidad de la actuación y de la capacidad para cambiar de piel y adentrarse en una aventurera como la que le vi interpretar. Tiempo después la seguí en una producción televisiva “El sexo débil” y reforcé la admiración por su trabajo, pero escucharla compartir su trayectoria en una charla amena es sólo posible gracias a la dinámica que logra Óscar con sus entrevistados, porque no deja médula en la vértebra actoral de cada uno de ellos.

Ser público no acaba en primera persona, mi hijo pre adolescente se llenó de singular alegría y sorpresa al descubrir a su admirado Mario Iván Martínez en alguna transmisión de repeticiones del programa. Ese día descubrió al niño detrás del personaje y se inspiró para seguir disfrazándose y aprendiendo diálogos de sus personajes favoritos para recrear escenas y crear vestuarios para sus muñecos y para él mismo. Ahí también descubrió la voz del Sr. Scrooge en la versión de audio cuento de Mario Iván con Héctor Bonilla. Se enteró que lleva por nombre el apellido de un reconocido actor al que he admirado desde siempre. Vio a Armando Hernández y se sorprendió al descubrir que fue piloto antes que actor. En esta última temporada disfrutó enormemente el carisma y la naturalidad de Itatí de quien dijo: “¡Ella vivió en la casa por la que pasamos y en donde quiero aprender música!”

Todo eso es T.A.P. que no es cosa menor. Me gusta pensar en el programa como una telaraña que todo lo conecta, como esa conexión con Mayra Batalla y su origen veracruzano que la conecta con mi padre biológico y la coincidencia con la misma Itatí al hablar de su fascinación por las rumberas. Y así como Mayra declara que ha aprendido y ha tomado un segundo aire gracias al programa, seguramente somos muchos más los que seguimos al pie del cañón cada transmisión, la esperamos, la disfrutamos, la celebramos. Porque la vida también es celebración y cada programa es una pequeña celebración que permite a Óscar compartir el momento presente, desde el aquí y el ahora con sus invitados y así nos lo muestra, lo comparte y hasta nos deja preguntarles, comentar, compartir el micrófono con ellos. ¡Todo un agasajo!

No estoy segura de haberlo posteado en la red de “X” que es donde sigo a Óscar, Once TV y #TAP pero en quince años se ha documentado gran parte del mundo actoral en México, lo cual lo convierte en un compendio de alto valor. La época universitaria me dio la oportunidad de vivir de cerca muestras de cine, premieres, exhibiciones de cortometrajes y conocer actores, actrices, directores y directoras, guionistas, de todo un poco. Después, la maternidad dejó poco espacio para la profesión, pero siempre queda la espinita de “estar en el lugar de los hechos” y ser parte de la historia. Eso es lo que, me regalan los sesenta minutos de #T.A.P.: la oportunidad de estar ahí, observar, sentir y documentar, dar cuenta de lo que sucede y volver a apreciar el cine y el teatro.

T.A.P. ya es un referente importante, es motivación a inspiración para nuevas generaciones como dijo Mayra y un punto de partida para quien desea dedicarse al mundo de la creación cinematográfica, como el adolescente que habita en mi casa y que espera un día hacer un casting con actores tan talentosos y profesionales cuando realice sus películas.

¡Larga vida a #T.A.P.!

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Por: Elizabeth Cruz – Comunicóloga, Escritora y Editora de “Patolli”

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